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“Who controls the past controls the future. Who controls the present controls the past.” George Orwell. 1984.

 

 

Imaginemos que, pasados cientos de años, un supuesto historiador del futuro se decidiese a estudiar el siglo XX español del mismo modo que hoy se estudia en las academias el reinado de Carlomagno o la caída del Imperio bizantino. Después de pasar un buen número de horas revisando bibliografía -en algún soporte virtual que todavía no ha sido inventado, pero que facilitará mucho los trámites-, nuestro estudioso imaginario no tardaría en llegar a la conclusión de que el trienio 1936-1939 contiene en su interior muchas claves, sería una especie de vórtex temporal que atrae hacia sí todo lo ocurrido en España antes, durante y después de la Guerra, el agujero negro que lo traga todo y explica  para siempre qué ha sido, qué es y qué será España a lo largo de todos los tiempos.

 

Desde una multiplicidad de puntos de vista (políticos, económicos, sociales, culturales, filosóficos) la Guerra Civil es el momento decisivo del siglo. La España del siglo XX no puede entenderse al margen de ella, y muy probablemente sería con la Guerra como nuestro historiador futurista comenzaría su crónica.

Como si pretendiera dar una respuesta universal, válida para los historiadores del futuro y hasta para los historiadores llegados de otra galaxia, en 1976, el escritor Juan Benet escribía un ensayo con este título: Qué fue la Guerra Civil.

 

La Guerra Civil fue, sin duda alguna, el acontecimiento histórico más importante de la España contemporánea y quién sabe si el más decisivo de su historia. Nada ha conformado de tal manera la vida de los españoles del siglo XX y todavía está lejos el día en que los hombres de esta tierra se puedan sentir libres del peso y la sombra que arroja todavía aquel funesto conflicto.

 

Llama la atención el matiz profético de Benet, el aire -característico en su prosa- de maldición histórica. De hecho, el tiempo ha confirmado sus augurios. A comienzos del siglo XXI la sombra de aquel funesto conflicto reaparecía en España.

 

 

¿Qué fue la Guerra Civil? En su origen, un error de cálculo. La Guerra española comenzó como un golpe de Estado militar el 17 de julio de 1936. “Fue un instrumento viejo empleado para un objetivo nuevo”, explica Helen Graham (2006: 17). En España, a lo largo del siglo XIX, el golpe de Estado había sido una palanca para el cambio de gobiernos de uso tan rutinario como en otros países una moción de censura. En esta ocasión el resultado no siguió los pasos habituales. El 18 de julio, los militares rebeldes encontraron una oposición imprevista. La sublevación fue abortada en los principales núcleos urbanos. El golpe encalló en Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao. Logró imponerse en Sevilla, Zaragoza, Salamanca y Burgos. “Fue tanto un fracaso como un éxito; fracasó en su intento de tomar el país completo de una sola vez, como había sido la intención de los rebeldes, pero sí logró paralizar el régimen republicano” (2006: 39).

 

En consecuencia, el país quedaba partido en dos.

El conflicto bélico como tal finalizaría, al menos oficialmente, con la entrada de las tropas del general Franco en Madrid, el día 1 de abril de 1939. Como se ha señalado a menudo, no llegó la paz, sino la victoria. “Desde 1939 hasta la muerte de Franco, España estuvo gobernada como un país ocupado por un ejército extranjero”, subraya Paul Preston (2011: 326). Para Javier Tusell: “la Guerra Civil no concluyó el primer de abril de 1939. Su verdadero final fueron las elecciones de junio de 1977” (1996: 265). Y según otros autores, tampoco hoy puede hablarse de ella como un asunto resuelto, pues como apunta Ángel García Fontanet, en el debate político “la liquidación de la Guerra Civil no está terminada”

¿En qué términos se sitúa hoy ese debate político? ¿Cómo debe actuar la sociedad española, las instituciones y la literatura ante el difícil legado de la Guerra y la represión franquista? Las distintas respuestas a esta pregunta constituyen una suerte de test de Rorschach político. Al igual que las manchas de tinta usadas por los psicólogos sirven para diagnosticar la personalidad de los pacientes, el lenguaje empleado en artículos y ensayos para referirse a la dictadura, la represión de posguerra y los pactos de la transición ofrecen abundantes pistas sobre las inclinaciones políticas en conflicto.

 

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Metáforas para nombrar lo innombrable

 

En líneas generales, anota Sebastiaan Faber, el debate vivido en España durante las últimas dos décadas puede contemplarse a través de cinco tipos distintos de discurso, todos los cuales recurren de algún modo a una visión metafórica. A continuación, nos servimos de la clasificación de Faber para desarrollar con más detalle cada uno de estos ejes discursivos.

 

  1. Reabrir viejas heridas. El primero, sostenido principalmente por la derecha política, es que la idea de revisar el pasado no supone más que reabrir heridas ya cicatrizadas. Según este discurso, se trata de una tarea imprudente, puesto que la Transición española a la democracia habría supuesto la reconciliación plena entre los españoles. España, con una historia traumática a sus espaldas, logró por fin recuperar la plena normalidad democrática en el último tercio del siglo XX. Los defensores de esta interpretación, normalmente de forma implícita y ocasionalmente de manera explícita, contemplan con indulgencia la dictadura militar. La II República es juzgada en cambio como un experimento histórico fallido y peligroso, marcado por la inestabilidad política y una insostenible atmósfera de conflicto social. En su recuerdo del franquismo, este discurso pasa de puntillas por los años más sombríos de la posguerra. Sus defensores evitan referirse a la afinidad con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Por el contrario, destacan el progreso económico y el logro de una cierta estabilidad política, la cual incluso habría facilitado el tránsito pacífico a la democracia. Con respecto a la Guerra, suele trazarse una suerte de equivalencia moral: ambos bandos fueron igualmente responsables y se cometieron atrocidades en uno y otro lado. En su versión más extremista (menos frecuente) esta exposición de los hechos actualiza la historiografía del franquismo, esto es: presenta al régimen militar como un mal menor ante una grave deriva radical de la II República. En su versión más moderada (también más habitual) quienes defienden esta visión consideran que mirar hacia atrás no sólo sería un ejercicio estéril, sino también arriesgado, pues reabrir el pasado equivaldría a reabrir la caja de Pandora, desatando una espiral de odios felizmente olvidados.

 

  1. La recuperación de la memoria histórica. Si el relato anterior es el preferido de la derecha política, éste corresponde esencialmente a la izquierda. La memoria es aquí entendida como un fenómeno intrínsecamente positivo. Un camino en un solo sentido, que devuelve la dignidad a los derrotados de la Guerra Civil y el franquismo. Este discurso denuncia la impunidad de los crímenes de la dictadura y el acuerdo tácito de olvido tras la muerte de Franco. Quienes sostienen este relato consideran necesario que el Estado propicie la exhumación de fusilados en fosas comunes y reivindican el reconocimiento público para quienes defendieron la legalidad democrática en 1936. Como señala Faber, el movimiento por la recuperación de la memoria histórica “lleva implícita una crítica feroz a la calidad de la democracia española actual y a la transición que la generó”. En cuanto a su visión del pasado, vale decir que es simétricamente opuesta al punto anterior. La II República es defendida como un período de progreso político y modernización social, así como unos años dorados para la cultura y las artes. La experiencia republicana es valorada, en su conjunto, como un modelo en sí mismo más democrático que la actual monarquía parlamentaria, considerada heredera del franquismo. Se destacan de la República sus avances sociales, los logros educativos, el fomento de la igualdad entre hombres y mujeres; y, en suma, el empeño por mejorar las condiciones de vida de las capas más humildes de la población. Se omite o se oblitera la elevada conflictividad del período republicano, el descontento del movimiento anarquista en el primer bienio de Azaña y los retrocesos en el bienio conservador de 1933 a 1936. La Guerra Civil es interpretada en el marco de la lucha de clases: fue precisamente una agenda de progreso lo que provocó una reacción en contra por parte de los sectores más conservadores (una alianza entre la alta burguesía y los terratenientes con la iglesia y el ejército). El movimiento por la recuperación de la memoria contempla el franquismo a partir de los aspectos históricamente silenciados durante el régimen (la represión, los fusilados, el empleo de la tortura, el robo de niños, las cárceles, los deportados a campos de exterminio). Entre sus ángulos muertos, este discurso suele pasar de puntillas por asuntos como la represión en el territorio republicano durante la guerra, el desarrollo económico en España de los años sesenta o la complicidad tácita de buena parte de la población durante el régimen. La transición a la democracia, por último, es vista como un proceso incompleto (en la versión más moderada de este relato) o bien (en su versión más radical) como un fraude colectivo que perpetuó en el poder a los vencedores de 1939.

 

  1. La Historia usurpada. Tercera metáfora, más presente en el discurso académico. Para algunos historiadores, entre los que sobresale Santos Juliá, “la moda de la memoria” es una tendencia perturbadora, que no debería apoyarse desde la academia. Esto sería debido a que la “memoria” (subjetiva y sujeta a motivaciones políticas) ha ido progresivamente invadiendo el terreno reservado a la “Historia” (entendida como la búsqueda científica y objetiva de la verdad sobre el pasado). La Historia, en opinión de Santos Juliá, se encarga de contar qué pasó (los hechos), mientras que la llamada memoria histórica supone una visión apriorística del pasado, más interesada en conmemorar que en conocer.

 

  1. Cuentas pendientes. Un discurso distinto, de orden menos sentimental y menos teórico, ve este proceso como un trámite dificultoso pero soluble; un asunto irresuelto que, si bien fue aparcado durante la transición, ahora en una democracia asentada puede por fin encararse. Los problemas del pasado son de tipo práctico: hay víctimas que merecen ser honradas, muertos que deben descansar en cementerios en lugar de continuar en fosas comunes, y sentencias judiciales ultrajantes que deberían ser anuladas. Una vez hecho esto, España podrá dar carpetazo a este problema y centrarse en asuntos más prácticos y concretos.

 

  1. La Guerra como trauma. Una última metáfora, de orden distinto a las anteriores: la Guerra Civil como trauma psicológico. Numerosos académicos, inspirándose sobre todo en los estudios sobre el Holocausto, analizan el resurgir de la memoria histórica en España como el regreso de un pasado reprimido por el inconsciente colectivo. En su significado etimológico, trauma deriva de la palabra griega que designa una herida. El diccionario de la Real Academia da la siguiente definición: “choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente”. Esta es la clave: a diferencia de otros eventos, los traumas no son percibidos de forma convencional. El trauma fractura la línea del tiempo. El individuo -en este caso la colectividad- no puede insertar el recuerdo traumatizante en la cadena habitual de acontecimientos. Esta experiencia, por tanto, será procesada al margen del resto de sucesos. Lo traumático ha ocurrido, sí, pero quien lo padece no puede concebirlo dentro de los parámetros de la normalidad. Ello afecta, principalmente, al recuerdo. Recordar implica revivir, vivir de nuevo el trauma. Por ello existen muchas formas de encarar su memoria. Los traumas pueden en apariencia desaparecer, ser enterrados por un subconsciente que prefiere no lidiar con un pasado que solo genera desasosiego; o por el contrario pueden reaparecer insistentemente en forma de obsesión. De manera colectiva, las comunidades que sufren traumas históricos encuentran problemas similares para lidiar con el recuerdo. En España, la Guerra Civil y los peores años de la dictadura franquista generan todavía una ansiedad propia de la experiencia traumática. Según la visión clásica del psicoanálisis, la mejor forma de superar una experiencia de este orden es a través del relato. Poder nombrar lo que nos destruye nos ayuda a combatirlo. Como veremos, no por casualidad la última ola de novelas sobre la Guerra Civil se ha asomado a los episodios más traumáticos del pasado desde un punto de vista que privilegia la visión del testigo y la importancia del testimonio.

 

El debate entre cada uno de estos planteamientos es inagotable. ¿Es la Guerra Civil un trauma de tipo psicológico o conviene analizarla desde sus consecuencias sociales y políticas? ¿Denunciar en la esfera pública las atrocidades de la represión franquista contribuye a mejorar la calidad de la vida democrática o el discurso de la memoria es simplemente un instrumento de los partidos de izquierda para movilizar a su electorado? Ninguna metáfora alcanza a ser del todo satisfactoria. En todas puede percibirse una borrosa zona de grises. Un cierto agnosticismo, por tanto, constituye una postura recomendable para abordar el estudio de este campo. Ello no supone, no obstante, situar todos los planteamientos en el mismo plano. Aunque es manifiesto que algunos discursos son más acertados que otros, argumenta Faber, cabe temer que todos comparten un problema básico: asumen que lidiar con el pasado es un proceso que puede alcanzar una línea de llegada, cuando lo más probable es que no sea así.

 

They posit thes process of “dealing with the past” as a finite one—a task that is necessary, that may be conflictive and difficult, but that, once you get it over with, results in a harmonious and definite closure. This is of course not the way it works. On the one hand, the past is always already “over with”. On the other, it never goes away, and will return in different shapes and guises as a function of the present. In other words, the past is something that every new generation has to “come to terms with” all on its own. Learning to live with the past is at the core of being a historical being.

 

 

(Todos ellos postulan el proceso de “tratar con el pasado” como algo finito, es decir: una tarea que es necesaria, que puede ser conflictiva y difícil, pero que una vez se ha realizado nos da como resultado un cierre armonioso y definitivo. Por supuesto, la cosa no funciona así. Por un lado, el pasado siempre está “acabado”. Por otro, nunca se va, y volverá siempre con nuevas formas y disfraces en función del presente. En otras  palabras, el pasado es algo con lo que cada generación debe llegar a un acuerdo por sí misma. Aprender a vivir con el pasado está en el corazón mismo de que seamos seres históricos).

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